(CON ALGO DE NOSTALGIA)

Allá  en los finales de los años 60 andaba por la Complutense de Madrid estudiando filologìa y literatura hispánica y tratando de compaginar mi faceta juvenil (porque lo era), la de madre y esposa amantísima y mis inquietudes literarias y políticas. Estas últimas las aparqué un poco después de recibir unos cuantos palos a manos de los famosos “grises” a los que tenían encerrados horas y horas en las “lecheras” hasta que a eso de las 12 ó la 1 de la tarde los soltaban (literalmente) y arremetían contra todo estudiante que se cruzara en su camino. Probablemente, todo hay que decirlo, porque a esas horas siempre había alguna manifestación o algún ilustre izquierdista se acercaba a soltarnos, de forma generalmente poco convincente, la verdad, algún discurso panfletario. Palabrita del Niño Jesús, que yo lo viví.



Ver: http://www.elpais.com/especiales/2000/franco/elorza.htm

 

La sociedad española estaba por esas fechas revolviéndose contra la dictadura franquista y las universidades eran el caldo de cultivo y el mejor espejo en dónde podíamos mirarnos aquellos que deseábamos otra cosa.

Además  los estudiantes nos sentíamos importantes, es decir, nos hacían sentirnos importantes. Y nosotros nos empeñábamos en dar lo mejor de nosotros mismos: la solidaridad, el compromiso, el deseo de un mundo mejor para todos, junto con un extraordinario afán de conocimiento y estudio, al menos en los grupos en los que yo me movía, son un recuerdo imborrable y el mejor legado que pude obtener de aquella época.

 

Hubo una manifestación de febrero de 1965 en Madrid (a consecuencia de la cual fueron expulsados de la Universidad varios profesores, entre ellos Aranguren y García Calvo); la “Capuchinada” de Barcelona, cuando se constituyó el primer Sindicato Democrático de Estudiantes en marzo de 1966 pese a las detenciones masivas; o la manifestación estudiantil del 27 de enero de 1967 en Madrid en apoyo a una jornada de lucha convocada por Comisiones Obreras o el mítico recital que el cantante Raimon dio el 18 de mayo del 68 en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad de Madrid. Acto que, celebrado con la autorización del decano pese a las presiones policiales, se transformó en una verdadera asamblea multitudinaria no sólo de estudiantes sino también de jóvenes trabajadores que empezaban a construir las primeras Comisiones Obreras Juveniles y que por primera vez entraban en un recinto universitario.

Los estudiantes de filosofia andábamos como locos por las librerias de Madrid buscando aquellos libros prohibidos por el régimen, o haciendo viajes subrepticios a París para  venir atemorizados por el paso de la aduana, cargados de libros cuyos autores, exiliados en distintos países, trataban con sus novelas y escritos de hacernos partícipes de aquel pasado inmediato que no conocimos y que explicaba el presente que vivíamos.

De aquellos los que más buscábamos eran fueron Benjamín Jarnés, Ramón J. Sender, Francisco Ayala, César L. Arconada, Salvador de Madariaga, Rosa Chacel, Juan Gil-Albert, Max Aub, Manuel Andújar o Arturo Barea. Para las “nuevas” generaciones que han conocido poco o nada de estos autores, me atrevo a sugerir a aquellos que más me gustaron en impactaron:

Max Aub, que escribe un gran ciclo narrativo los “Campos”: seis obras sobre la Guerra Civil y el exilio en los campos de concentración en Francia El laberinto mágico: Campo cerrado (1943), Campo de sangre (1945), Campo abierto (1951), Campo del Moro (1963), Campo francés (1965) y Campo de los almendros (1967

 

 

Francisco Ayala, fallecido en Madrid en el año 2009, y el único que volvería a España en 1976 : En Diálogo de los muertos (1939) recuerda el final de la guerra civil; en Muertes de perro (1958) trata el tema de la dictadura en una imaginaria República hispanoamericana. De 1982 a 1988 publicó sus memorias con el título Recuerdos y olvidos.

 

Ramón J. Sender dedicó al tema de la guerra civil obras como: Contraataque (1938), El rey y la reina (1947), Los cinco libros de Ariadna (1957), la impresionante Réquiem por un campesino español (primero impreso como Mosén Millán en 1953, y luego con el título definitivo en 1960), y las últimas tres novelas de su genealogía Crónica del alba (1943), que es también y en conjunto una novela autobiográfica en la que describe la infancia, adolescencia y compromiso político de un muchacho que posee el nombre de José Garcés (el nombre completo de Ramón J. Sender era Ramón José Sender Garcés)

Y por último la obra de Arturo Barea: las tres novelas autobiográficas que redactó en Inglaterra entre 1940 y 1945, y que al publicarse juntas se titularon La forja de un rebelde. La primera, La forja, narra la niñez y adolescencia madrileña de un chico de madrid, cuya madre es lavandera en el Manzanares o sea, él mismo, y cómo se intenta ganar la vida como meritorio en un banco. La segunda, La ruta, cuenta su experiencia militar en Marruecos durante la guerra contra los independentistas rifeños, donde llega a conocer y a contar algunas anécdotas sobre el entonces comandante Francisco Franco y el fundador de la Legión Española, Millán Astray. La tercera, La llama, narra la experiencia de la Guerra Civil. Según el propio Barea, la obra retrata más lo colectivo que lo individual.